Una de ballenas

Cuando acaricio tu pelo
siento un campo de trigo entre mis dedos,
se escapan las mariposas y se cuelan por mis manos.
Me tienen conquistada últimamente…

Cuando te rozo
Erupcionan mil volcanes,
Se funden mis entrañas de lava…

¿Y cuando te miro,
así,
de cerca?

¿Cuándo me miras?
Cuando me miras veo jorobadas nadando en el azul de tus ojos.

El binomio ella y él que nunca formará un nosotros

        Él toma una calada porque hace tiempo que la única realidad que soporta es la que no es real. Todos los días como un ritual, tabaco aliñado con pepitas de chocolate, que lo endulcen, que le hagan volver a sentir las pocas endorfinas que su tolerancia generada le permiten.

Él se sienta en una banqueta, deja el cenicero en la mesilla de enfrente. Su mano izquierda anquilosada tiene la forma del vaso de wiskey del que ya nunca se separa. Su mano derecha da vueltas al pincel que hace tiempo lo desafía. Enfrente un óleo en blanco, vacío, en el que su mente burletona dibuja los trazos de las magnificas obras que creó en su veintena sin esfuerzo.

Pero esos años hoy quedan tan lejanos, tiempos en los que aún había algo de vida en su ahora reseca alma.

Él toma otro trago, aprieta las mandíbujas, la impaciencia lo levanta y dando un grito salvaje atraviesa el óleo de un puñetazo. Agarra su mano, la mira y piensa que los golpes a almas arrinconadas temerosas la han llenado de durezas, los golpes a enamoradas que suplicaban entre sollozos que parara han hecho de su mano un arma inservible, llena de callos e incapaz de volver a crear algo bello. Nunca más.

Vuelve a sentarse en su banqueta, coge el cenicero y fuma contemplando su obra. El resumen de su vida: la destrucción de lo inmaculado, de lo virgen, de lo inocente.

Él toma la última calada del primero de la noche porque solo así puede ahogar los remordimientos que lo atrapan. Finalmente besos dulces con sabor a chocolate que desdibujan el odio de su cara, besos dulces que lo hacen flotar, que lo echan a volar…

        Ella toma una calada porque por qué no. Hace años que dejó atrás sus dieciocho y a diferencia de los que vienen en caja, el olor de este sí le desabrocha el apetito.

Pide el manual de instrucciones que haga del experimento el menor daño posible y empieza el romance, besos dulces de color verde que dibujan en ella una sonrisa.

Una sonrisa que se convierte en risa, carcajadas contagiosas, incontrolables pero liberadoras. Libertad que la hace flotar, que la echa a volar…

        Y es en ese viaje que se encuentran. Después de 25 años sin apenas conocerse, después de décadas sin siquiera una llamada.

Ella a él apenas lo reconoce, era una niña demasiado tímida las dos veces que recordaba haberlo visto. La imagen en su cabeza de fotos viejas que su madre guardaba en una cajita, poco tenían que ver con ese hombre calvo y gordo que la miraba.

Es él atónito y perplejo el que sin dudas, esta vez, la llama hija mía. Pues ahora el parecido de sus físicos le parece prueba más creíble que las palabras de su amada cuando le dijo que una criatura suya crecía en sus entrañas.

Ella sentimientos por él ya no tiene, nada más la rabia, el odio y la ira que el abandono provocan.

“No soy ni seré nunca nada tuyo, hija solo de la mujer que todas las noches, incluso en la distancia, mi alma arropa”