Lo siento

Sé que esto llega muy tarde,

Que quizas ya ni recuerdes mi voz,

Pero yo tengo la tuya muy presente

Advirtiéndome a gritos que me iba a consumir su dolor.

Que su amargura se enredaría en mi pelo,

Y me haría presa de su agonizante control.

Y yo, hice como que escuchaba pero sólo te oía,

Sorda por la ilusión del primer amor,

De las ilusiones prometidas, del ensueño,

Del puto príncipe azul con besos de etilenglicol.

Y ahora aquí me hayo,

muerta en vida,

Contagiada,

con medio corazón negro

y sin perdón.

Una mentira

Él es el chico de mis sueños,

lo ha sido todo este tiempo y no me había dado ni cuenta.

Espera, no es lo que estás pensado:

No hablo de “el chico de mis sueños”, “utopía”, no soy tan cursi.

Me refiero literalmente al chico que viene,

hace ya tiempo, apareciendo en mis sueños.

Por eso siempre lo echaba en falta, nunca aparecía.

Pero en realidad había tomado, todo ese tiempo, diferentes formas.

Apareciendo en distintas maneras,

sin darme yo ni cuenta,

de que había en todos ellos la misma esencia,

esa frescura,

esa brisa, 

ese suspiro.

Ese primer beso,

esos labios,

ese susurro.

Esa mirada azulada…

Perdona acabo de darme cuenta, 

que lo dicho en el cuarto verso es mentira.

Alzheimer existencial

Grítame el por qué,
Vuelve a explicarme el significando de esta historia,
Hazme entender de qué sirve todo esto.

No dejes que olvide por completo mi fin,
La razón de que mi corazón siga latiendo,
Mi sino, mi destino, mi razón.

Enseñame a cómo no rendirme a cada instante,
A cómo sobrellevar la tortura del existir.

Que cada vez me cuesta más el levantarme,
Y cada vez es más fácil ignorar que el sol ha vuelto a salir.

Una de ballenas

Cuando acaricio tu pelo
siento un campo de trigo entre mis dedos,
se escapan las mariposas y se cuelan por mis manos.
Me tienen conquistada últimamente…

Cuando te rozo
Erupcionan mil volcanes,
Se funden mis entrañas de lava…

¿Y cuando te miro,
así,
de cerca?

¿Cuándo me miras?
Cuando me miras veo jorobadas nadando en el azul de tus ojos.

Rosa roja

Roja, de su Rosa él sólo sabe que es roja.

Nunca se ha detenido en su olor, ni en su tacto,
Aunque la ha tocado, él no recuerda su terciopelo,
No se ha impregnado en su aroma
Siempre mantenido la distancia de seguridad con sus espinas.

No la mima mientras duerme,
No la protege cuando llueve.

¡Cómo puede no olerla en cada rincón,
Ni morir si no la besa cada noche!
Cómo soporta tenerla cerca y no rendirse ante ella.

Si ella me dejara acercarme, sus espinas serían mi cielo.

Pero él,
Sordo-ciego-mudo a conveniencia,
No escucha…
Él no la escucha…

Pero un día su Rosa se cansó de soportar la lluvia,
y dejó que el sol la quemarla hasta dejar de sentir.
Y en susurros lloraba:
“Por ti, me hubiera arrancado una a una las espinas,
Por ti, hubiera confiado hasta el final”

Un día, destruida, agachó la cabeza y no la volvió a levantar jamás.

Entonces, su Rosa, dejó de ser roja…
Y no fue hasta ese día que él noto que algo no iba bien.

No eres tú, soy yo

Tranquilo, es culpa de mis expectativas,
de haber pensado que lo nuestro era algo distinto,
que las cosas habían cambiado,
que por fin con alguien sí,
que esta vez no me había equivocado.

Y una vez más me veo gritándole al puto silencio
los reproches que a ti te da pereza escuchar.

Porque ya ni disimulo el llanto,
para qué esconder algo que a nadie le interesa encontrar.

Si por algún casual te embargara la culpa,
hoy te libero del arduo sufrimiento,
te exculpo de las lágrimas derramadas,
de todos mis gritos al viento.

Que las decepciones solo llegan cuando hay esperanza,
y que con los achaques que cargo en mis espaldas ya debería haber aprendido,
que mis expectativas son siempre muy altas,
y que es solo culpa mía seguir muriendo, siempre cayendo por precipicios.

Génesis

– Bueno Eva, cuéntame cómo empezó todo.

– Cuando llegué a la ciudad padecía una amnesia total. Los años anteriores se habían borrado de mi cabeza, no recordaba quién era, ni de dónde venía, pero sabía que no quería volver sobre mis pasos. Ese fue uno de los principales motivos por los que decidí volver, quería empezar algo nuevo.

-¿Y cuánto fue que lo conociste?

-La primera vez que lo vi fue aquella misma noche en una fiesta en la playa. Solo con mirarlo quedé petrificada y ya no pude apartar mis ojos de él.

– ¿Dirías que fue un flechazo?

-Sin duda. Fue dolor a primera vista.

– Y dime Eva ¿Cómo es no lo viste venir? No notaste en él agresividad; sería un hombre autoritario, defensivo…

– Tenía un temperamento muy fuerte y un gran carácter, aunque debo decir que todos a su alrededor lo admiraban y lo querían, como a un referente. Pero conmigo era diferente, era dulce y delicado.
A mi… a mi me trataba como a la flor más delicada del jardín. Verás, Adán era mi salvación, mi destino. Él me decía que habíamos sido creados el uno para el otro, que él hubiera dado lo que fuera por verme renacer… que mientras estuviera a su lado, siempre me sentiría en el paraíso. ¿Cómo no iba a caer rendida a sus pies? Él era mi protector, mi otra mitad.

– ¿Y qué cambió entre ustedes? ¿Qué fue lo que pasó?

– Pues la vida… eso fue lo que pasó. Yo lo amaba profunda y ciegamente, te lo aseguro. Al principio no tenía ojos para nada que no fuera su sonrisa. Pero en aquellos años yo era una muchacha jóven y curiosa, tenía muchos planes por delante tan geniales como absurdos, pero que me hacían soñar despierta.
Y eso a Adán no le hacía mucha gracia. Me decía que esas alas con las que sobrevolaba la ciudad eran muy frágiles y que en cualquier momento se quebrarían. Siempre con ese aire de preocupación que poco a poco fue convirtiéndose en obsesión, o quizás siempre lo fue, solo que yo aún no me había dado cuenta.

Cada vez que ponía los pies en el suelo me hacía detallarle con lujo de detalles dónde había estado, qué había descubierto y no quedaba tranquilo hasta que, como en un interrogatorio en sala oscura y bombilla sobre los ojos, le contaba cada segundo de mi vuelo.

Y yo… no sé, supongo que las piezas empezaron a desencajar. Cada vez era más feliz en el aire viviendo nuevas aventuras que en la monotonía de sus controladores abrazos. Hasta que un día me armé de valor, fui hacia él y le confesé mis sentimientos. Le dije que mi naturaleza estaba en el aire, y que no podía saguir más anclada en esta tierra que me hacía prisionera. En ese momento su cara cambió, la rabia y la impotencia en sus ojos despertaron llamas en sus pupilas y las paredes sufrieron los puñetazos que iban destinados a mi cuerpo.
Esa fue la primera vez que tuve miedo.

Y aunque me alejé por un tiempo, siempre lo veía desde las montañas, espiando cada paso que daba. En cada lugar nuevo al que llegaba, estaba él, detrás de una esquina, como quien finje no molestar, pero cuya respiración no se aparta de tu nuca.

– Fue entonces cuando pasó lo de la manzana ¿no?

– Fue algunos meses más tarde. Siempre me había dicho lo mucho que le molestaba verme junto a ese árbol, pero a mi me gustaba estar allí, charlando con mi amiga la serpiente. Ella siempre tan amable y positiva, mostrándome el lado bueno de las vida, enseñandome cosas a las que jamás había siquiera prestado atención. Y yo siempre rechazando sus manzanas, sabía que si siquiera rozaba una, Adan se enfadaría. Pero un día, la serpiente volvió a ofrecerme una manzana, esta vez roja y brillante, con un olor inolvidable…y sin pensarlo más de un segundo, mordí.

De repente se escuchó un estruendo en el cielo, Adán lo sabía. Y como por arte de magia apareció antes mis ojos, leyendo en mi cara lo que había pasado. Después de todo, le habia entregado mi esencia, le había abierto mi mente, durante años había exprimido segundo a segundo cada uno de mis más íntimos pensamientos. No había secreto que pudiera esconder de él.
Fue entonces cuando la verdadera pesadilla empezó.

Los cielos se tornaron grises, y Adán lanzó dardos envenenados de ira apuntando a todas las grietas que había en mi ser y que solo a él le había descubierto alguna vez. Mientras la ponzoña de las dagas hacía efecto en mi alma, un ataque de culpa innundó mi corazón llenandolo de lágrimas y miedo. Un miedo que no me dejaba desplejar mis alas, que me mantenía enterrada en vida, que ya no me permitía volver a volar.

– Me imagino lo feliz que le haría a Adán volver a tenerte abajo, en la tierra.

-Irónicamente no. Mi alma emponzoñada de culpa sólo se sentía calmada si obtenía su perdón. Y él prometió perdonar mi traición, pero no había segundo de mi existencia que no me recordara mi gran falta, y poco a poco su veneno veneno me iba matando en vida, dejándome sin ganas de volver a sentir o vivir, sin ganas de volver a volar.

Y en cuanto a él, a Adán, “mi otra mitad”, “mi salvador”; nunca me perdonó haber mordido de aquella fruta y al parecer, ahora que mis alas se habían desvanecido como ceniza tras un gran incendio, después de haber envenenado mi alma y robado mi ilusión por vivir, ya no me quería a su lado…me quería a sus pies, arrodillada, rogando. Y así me tuvo durante mucho tiempo, demasiado. Hasta que un día le aburrí, se cansó de su obra siempre triste y desolada y se marchó sin decir ni adiós.

– Qué historia tan triste la tuya Eva… que pena que tus alas desaparecieran y ya no pudieras volver a volar.

– No eternamente. La culpa inflinjida no dura para siempre. Y lo que Adán no sabía es que desde el mismo instante en que mordí esa manzana, sus besos nunca volvieron a tener el mismo sabor. Y aunque durante mucho tiempo su veneno ocultó la verdad trás el mostruo de la culpa, la manzana había abierto mi mente y me dejó verlo todo con claridad.

Por eso siempre me quiso lejos de ese árbol, de esa serpiente, de esa manzana.

Porque no quería que supiera que su tierra no era mi lugar, que él no era mi otra mitad y mucho menos mi mudo.

Y es que algo tarde pero por fin descubrí que mi lugar está en el aire, mi mundo aún por descubir y soy YO la única persona que me completa.

El binomio ella y él que nunca formará un nosotros

        Él toma una calada porque hace tiempo que la única realidad que soporta es la que no es real. Todos los días como un ritual, tabaco aliñado con pepitas de chocolate, que lo endulcen, que le hagan volver a sentir las pocas endorfinas que su tolerancia generada le permiten.

Él se sienta en una banqueta, deja el cenicero en la mesilla de enfrente. Su mano izquierda anquilosada tiene la forma del vaso de wiskey del que ya nunca se separa. Su mano derecha da vueltas al pincel que hace tiempo lo desafía. Enfrente un óleo en blanco, vacío, en el que su mente burletona dibuja los trazos de las magnificas obras que creó en su veintena sin esfuerzo.

Pero esos años hoy quedan tan lejanos, tiempos en los que aún había algo de vida en su ahora reseca alma.

Él toma otro trago, aprieta las mandíbujas, la impaciencia lo levanta y dando un grito salvaje atraviesa el óleo de un puñetazo. Agarra su mano, la mira y piensa que los golpes a almas arrinconadas temerosas la han llenado de durezas, los golpes a enamoradas que suplicaban entre sollozos que parara han hecho de su mano un arma inservible, llena de callos e incapaz de volver a crear algo bello. Nunca más.

Vuelve a sentarse en su banqueta, coge el cenicero y fuma contemplando su obra. El resumen de su vida: la destrucción de lo inmaculado, de lo virgen, de lo inocente.

Él toma la última calada del primero de la noche porque solo así puede ahogar los remordimientos que lo atrapan. Finalmente besos dulces con sabor a chocolate que desdibujan el odio de su cara, besos dulces que lo hacen flotar, que lo echan a volar…

        Ella toma una calada porque por qué no. Hace años que dejó atrás sus dieciocho y a diferencia de los que vienen en caja, el olor de este sí le desabrocha el apetito.

Pide el manual de instrucciones que haga del experimento el menor daño posible y empieza el romance, besos dulces de color verde que dibujan en ella una sonrisa.

Una sonrisa que se convierte en risa, carcajadas contagiosas, incontrolables pero liberadoras. Libertad que la hace flotar, que la echa a volar…

        Y es en ese viaje que se encuentran. Después de 25 años sin apenas conocerse, después de décadas sin siquiera una llamada.

Ella a él apenas lo reconoce, era una niña demasiado tímida las dos veces que recordaba haberlo visto. La imagen en su cabeza de fotos viejas que su madre guardaba en una cajita, poco tenían que ver con ese hombre calvo y gordo que la miraba.

Es él atónito y perplejo el que sin dudas, esta vez, la llama hija mía. Pues ahora el parecido de sus físicos le parece prueba más creíble que las palabras de su amada cuando le dijo que una criatura suya crecía en sus entrañas.

Ella sentimientos por él ya no tiene, nada más la rabia, el odio y la ira que el abandono provocan.

“No soy ni seré nunca nada tuyo, hija solo de la mujer que todas las noches, incluso en la distancia, mi alma arropa”

Yo soy Mar, bienvenidos a Cibia

Cibia es la isla desierta que albergo en mis entrañas. Una isla en la que coabitan mostruos de alma negra y bondadosas criaturas de corazón inocente. Un paraíso de aguas cristalinas y calmas, azotado fortuitamente por huracanes que llegan sin pedir cita previa.

Un lugar que huele a hogar, a comida recién hecha y a besos de buenas noches; pero en el que los miedos pasean a plena luz del día, y la angustia se hace ermitaña en las gargantas.

Bienvenido a Cibia, ¿Te atreves a entrar?

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Ilustración basada en una obra de Federica Bordoni