Hiena

No pienso escribir más sobre ti. No.
Ya llenas las hojas de mi cuaderno de psicoterapia.
Y egoísta, avaricioso te presentas en este folio pidiendo aquí también protagonismo.

Lo siento, hoy ya no te suplico
Como un día te supliqué de rodillas que me miraras a los ojos, que volvieras;
Durante esos ataques de ira, en los que apretabas los puños y perdias la mirada;
Porque yo, tu frágil muñeca, tu niña, no se había portado como tú demandabas.

Te repito que ya me cansé, ya no suplico.
Prometí no volver a arrodillarme ante las inseguridades de otra persona.
Y es que por fin descubrí que con cara de santo y piel de cordero;
Paraste mi vida, robaste mi horizonte y hasta cambiaste mi credo.

Se asoma con cautela la hiena de mil rostros,
Fantasma que como una sombra vaga detrás de mi,
Que con palabras de amor y pulseras que se aflojan con llave;
Me ha arrastrado a una jaula de la que jamás pensé salir.

Pero he pasado tanto tiempo sumida en la oscuridad,
que tus palabras ya no son culto,
que he hallado mi verdad.

Y en lo más hondo de mi traumado corazón,
Más que odio una lástima asqueada con aún resto de temor.

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¿Conoces al autor?

 

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